JAVIER FERNÁNDEZ DE CASTRO

 

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Javier Fernández de Castro (Aranda de Duero, 1942) estudió periodismo en Pamplona y Madrid. Profesionalmente ha hecho un poco de todo, desde traducciones y trabajos editoriales hasta dar clases en la Facultad de Filosofía de San Sebastián, pasando por una corresponsalía de prensa en Londres y colaboraciones esporádicas para televisión   (fundamentalmente como guionista). 

Su primera novela, Alimento de Salto, fue publicada en 1972. Desde entonces, ha publicado Así en la tierra(1977), Laberinto de fango (1983), La novia del capitán(1987), La guerra de los trofeos (1991), Tiempo de Beleño (1994), La tierra prometida (2000),  Crónica de la mucha muerte (2001), y Tres cuentos de otoño (2008). 

El primero de los Tres cuentos de otoño, fue publicado en Wagenbach en 2011 con el título de In Erinnerung an einen vorzüglichen Wein, que quiere decir “En recuerdo de un vino excepcional”. Y Tiempo de Beleño, en alemán, suena como Die berauschende Wirkung von Bilsenkrau (Wagenbach, 2013). 

Javier Fernández de Castro tiene una sección de crítica literaria en el blog El boomeran(g) y colabora también en el suplemento cultural Babelia (El País)

Ha traducido del francés varias novelas de Georges Simenon, aunque el grueso de sus traducciones son de autores de lengua inglesa: Daniel Defoe, James Joyce, Henry Miller, Ian McEwan, Tom Sharpe etc Entre sus últimas traducciones destacan El río, de Rumer Godden, La decadencia de la mentira y El crimen de Lord Arthur Savile, de Oscar Wilde, las tres en la editorial Acantilado. 

Acaba de terminar su nueva novela, que lleva por título En brazos de un hongo traidor

Actualmente vive frente a la vertiente solana de la Sierra del Volet (sí, el Hongo pero en plan civilizado) y le basta coronar un pequeño altozano para abarcar de una sola ojeada gran parte del Alt Penedés. 

OBRA

En brazos de un hongo traidor

Tres adolescentes, que forjaron una sólida alianza durante su agitado internamiento en un centro para jóvenes descarriados, se encuentran de nuevo unos pocos años después.

Los tres están en vísperas de tomar decisiones que condicionarán su futuro, y el intento de reanudar la vieja alianza se demuestra tardío. Ello a pesar de que, en un último esfuerzo por revivir viejos tiempos, se administran un tratamiento de choque comiéndose un hongo alucinógeno que, en palabras de uno de ellos, hace que cuando sube “con un ojo veas Hiroshima y con el otro las Fiestas del Pilar”.

En tan sólo un par de días, y en medio de toda clase de trampas y alucinaciones, repasan sus respectivos pasados, comentan con naturalidad unos cuantos disparates y, cuando se libran de las añagazas del hongo traidor, cada cual retoma su vida y se despiden, tan amigos, pero camino de sus respectivos destinos.

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Tres cuentos de otoño (Bruguera, 2008)

Los tres cuentos aquí reunidos comienzan con sencillez pastoral, en zonas silvestres o poblachones remotos a los que se acercan personajes de apacible carácter para encontrarse hundidos en una complicación irresoluble al cabo de pocos minutos. Tratando de recuperar una botella de vino por entre las patas de veinte vacas enloquecidas de frío, mientras un asesino acecha en la oscuridad, por ejemplo. Con la precisión de esos genios de la mecánica que aparecen en sus novelas, capaces de desmontar pieza a pieza una BMW 900 y volverla a montar sin dejar de hablar, darle a la botella y fumar cigarros, las narraciones de Fernández de Castro alcanzan un punto de saturación técnica que parece imposible de resolver y entonces, en apenas tres páginas, el nudo se deshace, el laberinto se abre, las vacas se dispersan, el diabólico enredo se desvanece, sale el sol y los personajes pueden regresar apaciblemente a su botella de vino y a su cigarro para continuar un viaje que sin duda va a sumirles en un nuevo infierno a los pocos kilómetros. La prosa de Fernández de Castro une el virtuosismo a la facilidad natural, como esos violinistas que parecen tener doce dedos y que tocan partituras inverosímiles mientras le guiñan el ojo a una señora de la primera fila. 

Félix de Azúa

Publicado en:
Verlag Klaus Wagenbach, Alemania, 2011

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Crónica de la mucha muerte (Areté, RHM, 2000)

Crónica de la mucha muerte es la segunda parte o continuación de La tierra prometida. Han pasado varios años desde la intempestiva llegada de Severo a La Fatarella, una suntuosa finca cinegética que por imposición paterna se ha convertido en su tierra prometida. La situación actual es muy diferente de la que había cuando, unos años atrás, Severo se presentó sin saber bien qué hacía allí, o qué iba a hacer en el futuro. Cuando arranca la narración, el conflicto se centra en la llegada de unos vagabundos que han ocupado una masía abandonada pero perteneciente a La Fatarella. Son los Balanus, una tribu de trabajadores ambulantes que ya han salido en novelas anteriores. Las maniobras de los Balanus para legitimar su derecho a la casa usurpada, y las presiones de don Severo Vidal y sus empleados por echar a los usurpadores, ocupan esta primera parte, sobre la que planean dos figuras muy diferentes: Clemencia Balanus, que hace las veces de hembra alfa entre los ocupas, y la Fayona, aquella gigantesca hembra de jabalí con la que se topó Severo al llegar a la La Fatarella y que ahora se ha convertido en una leyenda entre los cazadores locales. En la segunda parte de la novela uno de los ejes narrativos es Tina, una niña autista nacida de la relación de Severo con Clemencia y que tiene graves problemas para encontrar su lugar en el mundo. El otro eje narrativo serán las dificultades del propio Severo para implicarse en La Fatarella y defenderla de unos peligros tan acuciantes que a punto están de arrasarla para siempre.

La tierra prometida Lumen, RHM, 1998)
Premio Ciudad de Barcelona, 1998

La tierra prometida es una novela de aprendizaje. El aprendiz, en este intrigante relato, es Severo Vidal Dalt, hijo de Severo Vidal Casas y nieto de doña América Casas, a quienes los lectores han conocido en La novia del capitán
Severo es un típico producto de la burguesía industrial barcelonesa surgida del franquismo. Tiene dieciséis años pero tanto física como mentalmente está muy desarrollado para su edad, lo cual hace que todos le tomen por una persona mayor y más formada de lo que es. La base del problema es que Severo – sin demasiadas razones para ello – se siente física y espiritualmente ajeno a los usos, valores y objetivos de la clase social a la que pertenece. Y debido a su poco razonado rechazo a los mismos, se va creando un entorno familiar cada vez más conflictivo y agresivo. Por alguna razón tampoco bien explicada, su padre, conocido como don Severo en atención a su rango, ha decidido dejar a su primogénito como toda herencia una gigantesca finca cinegética altamente tecnificada, ello a pesar de que el beneficiario de la misma detesta casi enfermizamente todo lo relacionado con la naturaleza. Por aquello del azaroso discurrir narrativo, Severo acabará inevitablemente yendo a parar a esa finca, a la que llega de noche, a tientas y totalmente perdido. Es entonces cuando se produce el encuentro fortuito con una gigantesca hembra de jabalí, con la que pasa una noche en el fondo de una poza: un encuentro mitad desesperado y mitad amoroso, es decir, altamente conflictivo. Ya de madrugada, mojado, con la ropa desgarrada y unos arañazos en la base del cuello difíciles de explicar, Severo prosigue su camino hacia la finca – la tierra prometida – sabiendo que va a tardar años antes de explicarse a sí mismo lo que ha pasado esa noche en la poza, y su amorosa conducta con una criatura surgida de esa naturaleza a la que odia con toda su alma.

Tiempo de Beleño (Plaza y Janés, RHM, 1994) 

Es la novela que más se aleja de la narrativa habitual de Fernández de Castro. En esta ocasión se trata de dos motoristas que van corriendo una tormenta creyendo escapar de ella cuando en realidad (o al menos eso parece) es ella la que les va conduciendo hacia un lugar muy peculiar. Dicho lugar es una apartada venta en la que han tomado refugio varios lugareños y unos cuantos forasteros (entre ellos los dos motoristas) para escapar de la inclemencia del tiempo. Para matar el rato, además de contar historias del lugar al amor del fuego los refugiados van aportando manjares que al final rematarán con una sabrosa tisana hecha con una poción aportada por uno de los motoristas, el llamado Chema Salinas, cuya profesión es fabricar esencias a partir de las plantas. La tranquila reunión no tardará en convertirse en una alucinante persecución por los bosques porque unos cuantos guardias civiles (que probaron la poción en la venta para quitarse el frío) los toman por un grupo armado. Subliminalmente, el lector va comprendiendo poco a poco que se trata de una añagaza del destino, pues la tarde anterior el llamado Chema Salinas cometió una imprudencia que en circunstancias normales debiera haberle costado la vida. Si no fue así se debió a que el camión con el que fatalmente debiera haberse encontrado a toda velocidad y en plena curva quedó retenido por esa misma tormenta que los motoristas creían estar sorteando. Pasadas veinticuatro horas, y una vez restablecida la circulación en las carreteras, Chema Salinas volverá a pasar por aquella curva justo en el momento que pasa por allí el camión una vez que ha podido reemprender el camino. Una reflexión sobre la voluntad, el albedrío y la fatalidad en pleno disparate psicotrópico.

Publicado en:
Verlag Klaus Wagenbach, Alemania, 2013

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La guerra de los trofeos (Anagrama, 1991)

En La guerra de los trofeos el lector se encuentra de nuevo con Sileno Campa, protagonista de una novela anterior, Laberinto de fango. Han pasado varios años desde aquel episodio. Sileno, que hubo de dejar la competición por motivos de salud desea volver, pero la Federación Española de Inmersión le niega la licencia si antes no lleva a cabo un largo tratamiento de rehabilitación y puesta a punto. Sileno pide ayuda a su antiguo manager, Régulo, al que el lector conoce asimismo de Así en la Tierra y Laberinto de fango. Y la oferta de Régulo es que se instale en un antiguo balneario situado en pleno desierto de los Monegros y que él utiliza como lugar de reposo y entrenamiento para la cría de galgos de competición, la otra faceta de su quehacer empresarial. A cambio, y hasta que recupere la salud y la forma, Sileno puede echarle una mano a su veterinario particular, Santos, que es el encargado de cuidar y manejar los galgos allí alojados. A partir de un planteamiento tan simple, la trama se desarrolla siguiendo un esquema característico del autor: mientras que en el balneario se establece una sólida alianza entre Sileno Campa y Santos (dos supervivientes natos y que creen tener bien aferradas las riendas de sus propias vidas) en el exterior la vida sigue su enrevesado curso, trazando sin que ellos lo sepan la línea de lo que será su destino. El lector tiene el privilegio de contemplar desde una privilegiada posición la puesta en marcha y desarrollo de una poderosa maquinaria superior a la voluntad de cuantos están bajo su influencia y que incluso parece tener voluntad propia a la hora de encauzar la peripecia de cada cual hacia su propio destino.

La novia del capitán (Mondadori, 1986)

En La novia del capitán tiene su inicio la saga de los Vidal Casas, una familia de patricios navieros barceloneses (los Casas) que son literal y metafóricamente asaltados por un falso capitán pirata (el apuesto cazafortunas Gabino Vidal), que acabará dejándoles irremisiblemente arruinados. Las andanzas de los Vidal Casas tendrán continuidad en La tierra prometida (1999) y Crónica de la mucha muerte (2000). 
La narración arranca cuando doña América convoca una reunión para comunicar a sus hijos que no sólo están absolutamente arruinados sino que deben prepararse porque el cabeza de familia va a ser públicamente tachado de tramposo y estafador. Una vez terminada la reunión, los hermanos pequeños (Carolina y Gabino) se encierran en el cuarto de jugar y Carolina resume a su modo la situación: ”Ahora que vamos a ser pobres todo será exactamente igual que cuando éramos ricos, solo que sin dinero”. A partir de ahí, uno de los objetivos de la narración es averiguar si es posible conservar la dignidad, o bien si, una vez despojados de sus riquezas, los seres humanos sólo son la suma de sus miserias y añoranzas. Al final resultará que Carolina no tenía del todo la razón, pero que tampoco andaba completamente desorientada, pues la familia acabará recuperando su dignidad y decoro, aunque a costa de graves pérdidas y quebrantos. El otro objetivo es seguir la peripecia de los diferentes miembros de la familia Vidal Casas dentro de una poderosa estructura narrativa que avanza en un crescendo impulsado por la imaginación y la original técnica del autor.

Laberinto de fango (Argos Vergara, 1983)

El trasunto narrativo de Laberinto de fango sigue dos líneas divergentes pero que acabarán confluyendo de forma inevitable. Una de ellas está encarnada en Sileno Campa, al que unos empresarios convencidos de que pueden hacer del buceo un espectáculo de masas forzarán a disputar el campeonato del mundo de la especialidad. Para mayor comodidad de los posibles espectadores, las pruebas tienen lugar en el interior de dos gigantescos cilindros transparentes que permiten ver a los contendientes, pero que al ser desmontables resultan tener una grave propensión a los accidentes. Caso de que uno de ellos vuelque, por ejemplo, el agua y el buceador irán a parar a una alcantarilla, por lo que no es difícil que el aspirante a campeón acabe nadando en alta mar. Cosa que, en efecto, ocurre en Bélgica. 

La segunda línea narrativa tiene lugar en la comunidad industrial en la que Sileno Campa se crió (era el hijo del maestro), y que mientras él va de ciudad en ciudad en busca de la gloria corre un gravísimo peligro de desaparición debido a las tensiones internas provocadas por circunstancias tan imprevisibles como la competencia que sufre, sin saberlo, por parte de una factoría regentada por aborígenes de Nueva Guinea Papuasia. Sólo al final, y cuando la situación es insostenible, Sileno Campa será elegido por sus paisanos para que asuma la responsibilidad de poner coro a tanto desatino. 

La alta improbabilidad de todo cuanto ocurre en la novela podría acabar siendo un disparate de no ser porque se desarrolla contra un fondo de verosimilitud cuyo único secreto reside en la solidez del lenguaje narrativo y en una técnica impecable.

Así en la tierra (Barral Editores, 1978)

Así en la tierra es la segunda novela de Javier Fernández de Castro y está considerada como la de mayor carga simbólica de toda su producción narrativa. Los dos encargados de vehicular la acción (sería demasiado optimista llamarlos protagonistas) son Régulo y Cástulo, dos criadores de galgos de carreras que volverán a salir en posteriores novelas. Por ejemplo en Laberinto de fango (1983), donde los encontramos intentando abrirse horizontes lejos de los galgos y poniendo para ello todo su empeño en convertir la inmersión subacuática en un espectáculo de masas. Y todavía volveremos a topar con ellos en La guerra de los trofeos (1991), de nuevo centrados en la cría de galgos pero manteniendo intereses empresariales en el buceo como espectáculo de masas. La acción es un entrecruzamiento de ambiciones, proyectos, mezquindades, rencores, tradiciones y gestos desinteresados e incluso heroicos, todo ello al amparo de un legítimo deseo de sobrevivir y prosperar. 
El grupo como tal está compuesto por Régulo, el macho alfa indiscutible; Gravinia, compañera del anterior y, en tanto que hembra, la encargada de garantizar la supervivencia y reproducción del grupo; Cástulo, un ser fuera de la civilización y la cultura, el complemento ideal de Régulo en la cría de animales de competición, con los que parece mantener una relación misteriosa y secreta. Gedeón y Santos, empleados de Régulo. El conflicto por el control del grupo llega a su clímax cuando Gravinia es mortalmente atacada (no quedando claro si por hombre o animal) con lo que se malogra toda posibilidad de reproducción (supervivencia). Esa derrota de la colectividad se celebra con un fastuoso banquete en el que los alimentos principales son esos mismos perros cuyas victorias debían afianzar la cohesión del grupo como tal.